jueves, 12 de noviembre de 2020

LA OVEJA NEGRA

 Había una vez una oveja negra. Pero no era negra solo por su lana, brillante, siempre limpia, enrrulada y abundante. También su piel se mostraba de un suave color negruzco cuando la esquilaban, las pocas veces que la esquilaban, que eran muy pocas. La lana negra no se puede teñir y se colocaba con mucha dificultad en el mercado de la villa, al que el pastor acudía cada 3 mese con toda la lana acumulada de su rebaño, a 5 km de la granja, en el pueblo, donde también había una pequeño barco que solía frecuentar de tanto en tanto.

La lana de Claudia, que así se llamaba la oveja negra, solo la llevaba cuando la señora Eulalia se la encargaba para hacerse un gorrito, un suéter o unas medias. La señora Eulalia era una señora muy mayor que vivía sola en una cabaña y se decía que era bruja. Decía que la lana de la oveja negra era especial y nada la abrigaba y protegía del viento igual. Así que el pastor no se atrevía a deshacerse de aquella oveja negra, rara y mal encarada, pero que daba una lana tan especial que la Eulalia la pagaba al triple que la mejor lana blanca que se podía conseguir. Y porque con la leche de la oveja negra se podía hacer el queso más exquisito de cuantos se pudieran probar, queso que vendía en el mercado especificando que era de pura leche de oveja negra, mas claro, cremoso y sabroso que cualquier otro.

Al resto del rebaño Claudia también les resultaba rara y cascarrabias. Siempre les decía que las ovejas eran esclavas del pastor, que los perros del pastor (a los que odiaba con especialmente y siempre intentaba fastidiar) estaban para vigilar que nadie se escapará del “campo de concentración ” (así llamaba, con un enojo terrible, a la bonita granja donde vivían, en la ladera de una montaña verde en verano y completamente blanca cuando la acariciaba el invierno) y no para protegerlas “del lobo”, o que el pastor no hacia más que aprovecharse de su lana y su leche sin darles nada a cambio, salvo servidumbre y opresión. Que no necesitaban amo ni perros para vivir por su cuenta del patito del campo, las plantas y frutas. A las ovejas les dolía la cabeza cuando les hablaba así. ¿que es ser esclava? ¿qué decía de los perros? ¿de que habla esta oveja tan mal encarada y gruñona? Cuando hablaba así, el rebaño se alejaba y se dedicaba a sus quehaceres hasta que a Claudia se le apagaba la voz y se recostaba en el pasto a ver las nubes.

Pero el rebaño, a pesar de todas estas rarezas, quería mucho a Claudia. Porque era un oveja bella y confiable, cuando no hablaba de esclavos y explotadores y les contaba bellas historias a los corderitos. Tenía unos ojos azules, de un azul intensísimo, que adquirían un ligero tono rojizo cuando se enfadaba (lo que pasaba muy a menudo). En su cara tenia una cicatriz que le atravesaba toda la cara entre los ojos, si bien no la hacia más fea, pero les recordaba a todas lo que pasaba cuando se mordía al perro del pastor.

Ocurrió hacia ya 6 meses y todavía se comentaba en el rebaño. Uno de los perros se dedicaba a molestar a las ovejas (lo hacía constantemente, así se entretenía de las largas jornadas de pastoreo), les ladraba cuando comían y mordía en las patas cuando correteaban por el prado donde las llevaban a pastorear. Ese día decidió molestar a Claudia, que sin mediar palabra se abalanzó sobre el perro, un enorme mastín negro y fiero cuya sola presencia infundía terror en todo el rebaño. Le atacó con sus pezuñas, le mordió donde pudo, mientras el animal, asustado retrocedía entre gemidos lastimeros. Tuvieron que acudir el pastor y el resto de los perros para reducir a Claudia. Finalmente el pastor rompió su cayado en la cara de Claudia que se derrumbó desmayada y sangrando al suelo, mientras perros y pastor seguían pegándola y mordiéndola.

Claudia tardó un tiempo en recuperarse de sus heridas. El rebaño estuvo sin volver a verla unos 2 meses. Se contaba que la habían llevado finalmente al matadero, que la habían vendido a la anciana que le gustaba su lana, que se había escapado del veterinario…y alguna otra historia más disparatada. Pero no, finalmente Claudia apareció por la granja una bonita tarde de Septiembre. Cojeaba todavía un poquito y la cicatriz del cayado roto del pastor destacaba en medio de su cara.. Claudia tendría a partir de entonces una actitud un poco más distante con el resto del rebaño. Si le preguntaba les decía que “la habían dejado tirada”, y luego se volvía a pastar por otra zona. Es verdad que en unas pocas semanas volvió a contarle historias a las más pequeñas y volvió, aunque con menos pasión, a decirles cosas raras a sus compañeras adultas. Y que sus tonos de voz sonaban más roncos y sombríos que antes, como si algo se le hubiese roto por dentro.

Hasta el día de la tormenta.

Aquel día el pastor sacó a su rebaño sin reparar en que había nubes que amenazaban tormenta. La noche anterior se había quedado hasta tarde en la taberna y le habían dicho que podría haber lobos en la zona. El pastor se reía mientras se bebía su vino y decía: “¡que vengan! Tengo a mi perro Satán para protegerme. Ningún lobo se atreverá a acercarse a mi rebaño y si vienen ya se enterarán de a quién no deben molestar”. Satán, claro, era ese enorme mastín negro que atacó a Claudia aquel horrible día, el mismo que lloraba ante los ataques de una única oveja defendería el rebaño de una manada de lobos.

Nada más llegar al prado las nubes empezaron a cerrarse, el cielo se volvió gris en un santiamén y empezaron a caer las primeras gotas. Perros y ovejas volvieron sus cabezas al pastor, que se puso una enorme capa color verde oliva para protegerse de la lluvia y se plantó, con las piernas abiertas y apoyado en su cayado, a la entrada del camino. Sin moverse. Se le veía molesto. Acababan de llegar tenía resaca y no estaba dispuesto a volverse a casa sin que sus ovejas se hubiesen alimentado. Pensaba que el agua le sentaría bien y no haría daño, sólo es agua. Ya se tomaría un baño caliente en casa a la vuelta y se dormiría viendo la tele. Así que, perros y ovejas, se encogieron de hombros y se resignaron a volver a casa empapados por la lluvia. Cada uno volvió a sus quehaceres, las ovejas a comer hierba y pasear y los perros a vigilar que nadie se perdiera. Claudia se alejó un poco hasta que casi todo el mundo pensaba si no pensaría escaparse, aunque ninguna oveja dijo nada, sabían que Claudia un día se iría. Pero no, se limitaba a estar erguida, mirando al resto del rebaño mientras por su cabeza volaban sus pensamientos, sus ensoñaciones. Ella no tenía hambre aquel día, seguía enfadada con el rebaño. Pero era su rebaño y a pesar de todo las quería. Al final se recostó debajo de un viejo árbol que estaba un poco alejado del rebaño.

El primer aullido llegó por el este. Lo oyeron todos: pastor, rebaño y perros. Cesaron los ruidos de las ovejas, los ladridos y hasta el viento parecía que se había cortado. Sólo escuchaban la lluvia, ya intensa, caer en la tarde, que casi parecía noche por lo oscuro de las nubes. Nada. Y, de repente, otro aullido, esta vez por el este. Y otro al norte. Y al sur. Cada uno más cercano que el anterior. Una manada de lobos rodeaba el rebaño mientras el pastor llamaba a su lado a los perros. Satán gemía al lado de su amo mientras 15 o 20 lobos se manifestaban alrededor del rebaño, que se iba juntando entre sí cada vez más. Entonces, pastor y perros salieron al camino y corrieron hacia la granja sin volver la vista atrás ni preocuparse del que decían era su rebaño. No pararían hasta llegar a casa y encerrarse dentro de la casa. Y el rebaño al completo vio la verdad en algo que siempre les decía Claudia: aquellos perros estaban ahí para vigilarlas, no para protegerlas. Y ya no estaban.

Las ovejas estaban solas mientras el lobo se acercaba, lentamente, para elegir la que sería la primera presa. No había escapatoria.

Entonces ocurrió. Un sonido salvaje, gutural, surgió de detrás de los lobos. Era Claudia que corría hacia los lobos. Nadie reparó en esa oveja negra refugiada detrás de aquel enorme árbol mientras los lobos se acercaban al rebaño. Claudia se lanzó directa a por el lobo jefe de la manada, a quien en sus muchos años nunca le había atacado ninguna oveja de cuantas había cazado. Claudia le mordió, le tiró al suelo, le dio cabezazos en todo el cuerpo, patadas…antes de que el resto de la manada siquiera pudiese reaccionar para defender a su jefe. Y cuando quisieron hacerlo, ya era tarde. El resto del rebaño, todas aquellas ovejas sumisas, tranquilas y miedosas, se lanzaron a por los lobos como había hecho aquella oveja negra con la cara partida por una cicatriz. Mordieron, dieron cabezazos, patadas y, finalmente, pusieron a la fuga a aquellos lobos que nunca olvidarían a aquel rebaño de ovejas mal encaradas y fieras.

Mientras los lobos huían las ovejas celebraron su victoria dando saltos y balando alegremente en una algarabía que se prolongaría hasta ya entrada la noche, cuando decidieron buscar una cueva donde refugiarse de la lluvia y esperar al nuevo día. A Claudia sus compañeras ya no le parecían tan blancas. Nunca volverían a aquella granja y se alimentarían de lo que pudieran encontrar en prados y montes.

Nunca se volvió a ver a Claudia y al rebaño por los alrededores. El pastor vendió su granja y emigró a la ciudad. Nadie se creyó que intentase, ni por un instante defender su rebaño cuando los lobos se acercaron y la vergüenza no le dejaba vivir. La señora Eulalia seguía vistiendo sus vestidos de lana negra. Nadie sabía de donde los sacaba, pero se cuenta que de vez en cuando sube al monte y recoge algunos mechones que se quedan prendidos en los matorrales. Se cuenta, también, que las noches de luna llena se escucha un Bbbeeeee de oveja especialmente ronco y desafiante.


viernes, 21 de agosto de 2020

El silvido

Con esto de la cuarentena a mis vecinos y especialmente me refiero mi vecino de al lado, no se le ocurrió mejor idea que hacer arreglos es su casa para matar el tiempo, lu cual le duró una semana el ataque de constructor hasta que se cansó  y contrató un albañiles. Lo cual significaba que desde las 7am. me desperté durante 2 meses con el bello susurro matutino de martillos y agujereadoras. Había uno gordo, uno joven, uno flaco y uno viejo (creo que eran todos parientes). Los observaba sobre todo cuando pasaban por ahí mujeres, lo cual  eran varias por que vivo a media cuadra de una avenida. Al divisar la presencia de una mujer por la vereda, los albañiles detenían el estruendo del cortafierro, o de la agujereadora, y se quedaban quietos. Si estaban almorzando, o descansaban, dejaban de masticar y de conversar y de reír. La mujer pasaba, entonces, y ellos se levantaban un poco el casco o se peinaba con la mano. En medio del silencio que ellos mismos habían provocado, miraban con desparpajo a la mujer y enseguida ocurría algo sorprendente.
Cuando la mujer estaba exactamente en el centro de sus miradas, entre el venir y el irse, justo entonces, uno de ellos la llamaba con un silbido largo. Se trataba de un sonido agudo, inútil y potente, como si alertaran a un perro sordo sobre la inminencia de una camioneta.
A veces también decían alguna cosa que comenzaba siempre con el verbo «venir» en la segunda forma del imperativo. Vení mamita, por ejemplo. O vení que te voy a hacer tal cosa y tal otra. Pero esto sólo ocurría muy temprano, cuando no estaban agotados de cincelar y de martillar. Los días nublados utilizaban también la palabra baba, y diferentes combinaciones del verbo chupar. Pero a última hora de las tardes calurosas, cuando el sol les había pegado de lleno y ya tenían la garganta seca, sólo utilizan el silbido, que era —creía yo— una abreviatura de todo lo que querían decir y no podían.
Lo que quedaba claro, por lo menos a mí que los había observado días enteros durante la suplencia mortífera, es que el silbido era una invitación para que la mujer ingresara por la puerta de rejas verdes y pasara un rato junto a ellos, en la obra en construcción. El silbido era, sin dudas, una convocatoria.
En uno de esos días me los crucé en la cola para entrar a la fiambreria, al parecer el único menú  que conocían era el del asado o los sandwichitos de fiambre, apenas los saludé me reconocieron que era su vecino temporal, así que le pregunté a uno de los trabajadores, al más flaco de los cuatro, qué haría él si por casualidad la mujer silbada, cualquier mujer entre las tantas que pasaban, en lugar de seguir su camino, indiferente al llamado, se diera la vuelta y, efectivamente, entrase a la obra.
No precisó meditarlo mucho el obrero, ni darle vueltas a la cuestión. Tenía la respuesta en la punta de la lengua:
—Le damos entre todos —dijo el albañil flaco.
—¿Le dan qué? —quise saber.
—¡Qué va a ser! —exclamó el albañil más joven, y complementó la idea con el gesto de fornicar el aire con las manos.
Rieron.
—¿Los cuatro, le dan? —me sorprendí.
—Claro —certificó el albañil más gordo, uniéndose— ¡si entra, le damos! ¿O si no para qué entra?
Sospeché por un momento que me estaban tomando el pelo.
—A ver si entiendo —dije—. Ustedes llaman a una mujer que no conocen de nada, a una mujer que está pasando por aquí de casualidad. La llaman, además, por medio de un silbido.
—Correcto, señor.
—La mujer acude al llamado —continué—, traspasa aquella valla de protección, esquiva la mezcladora, se acerca sin temor para conocer el motivo de la llamada y entonces ustedes...
—Le damos —dijo el más gordo.
Éste no hizo el gesto de fornicar el aire, como el joven, sino que cerró el puño y lo movió varias veces, como si se estuviera clavando una escarpia en el pecho, o zamarreando de los pelos a una criatura invisible.
—¿La violan, quieren decir?
—Entre los cuatro, señor —puntualizó el más joven, que sí repitió el gesto corporal y provocó otra vez las risas.
—Violar, violar... Dicho así queda feo —matizó el albañil más viejo, que hasta entonces había permanecido al margen—. Usted en realidad les está haciendo a los muchachos una pregunta tramposa.
Me interesé. El albañil viejo se dio cuenta que había logrado seducirme con su respuesta serena, más moderada que las del resto, y me puso una mano sobre el hombro. Habló con la misma cadencia que usan los hombres de campo cuando están a punto de decir algo sobre pájaros:
—La hembra no responde al chiflido, compañero —dijo—. Nunca.
Los otros tres asintieron en silencio.
—Yo empecé como aprendiz de obra en el año cincuenta y dos —continuó el viejo—, y desde esa época las chiflo a todas. No me importa que sean vistosas o bagres, ni que sean gordas, ni que sean viejas. Mire usted: yo debo de haber chiflado... —hizo una larga suma en el aire, entrecerrando los ojos—, debo de haber chiflado a un millón doscientas mil mujeres, por abajo de las patas. Y no es solamente que nunca vino ni una: ni siquiera dan vuelta la cabeza para ver quién llama. ¡Nada! Y no es indiferencia, ojo; es que no perciben el chiflido humano. ¿Vio que el perro oye un silbato especial que el cristiano no oye? Con las mujeres pasa lo mismo. Pero a la inversa.
—¿Y para qué les silban, entonces? —insistí— Yo trabajo ahí enfrente, en el primer piso, en aquella ventana. Y los veo a ustedes silbar siempre que pasa una mujer. ¿Para qué las silban, si no vienen?
—Para que vengan, así le damos —repitió de nuevo el más joven, con puesta en escena incluida, y todos rieron otra vez.
En ese momento (y esto fue muy impresionante) dejaron de reírse todos a un tiempo y miraron hacia la esquina vacía. Los cuatro, al unísono, se pusieron en posición de alerta y de perfil, como en una coreografía ensayada la noche anterior. Si hubieran tenido agua hasta el cuello habría creído que eran nadadoras sincronizadas.
Uno de ellos, el gordo, presagió muy concentrado:
—Rubia. Unos treinta años.
Otro, el flaco, aguzó el oído y dio más detalles:
—Buenas tetas, complexión mediana.
Yo no escuchaba nada más que las bocinas de los coches. El viejo cerró los ojos para concentrarse mejor, apretó los labios y negó:
—Tetas sí, pero no rubia: morocha teñida.
Entonces, sólo entonces, yo también comencé a escuchar el sonido levísimo de un taconeo, desde la izquierda, y diez segundos más tarde, efectivamente, dobló hacia nosotros una mujer rubia, bien proporcionada, de unos treinta o treinta y cinco años de edad.
Los cuatro albañiles actuaron como era su costumbre: usaron el silbido llamador y los verbos venir y chupar en diferentes variaciones, siempre en la segunda del imperativo. Hicieron lo de siempre, con la diferencia de que, esta vez, yo no los observaba desde la abstracción de mi oficina sino que estaba con ellos, era uno más, y quizás por eso sus silbidos y propuestas me turbaron. La posibilidad de que la mujer creyera que yo también participaba del petitorio, del llamado, me hizo sonrojar y bajar la mirada al suelo.
Después de silbarla y llamarla en vano, los cuatro obreros se quedaron mirando el culo de la mujer hasta que desapareció detrás de una marquesina. Sólo entonces recordaron que yo estaba allí, y volvieron a prestarme atención.
—Qué va a ser... Así es la cosa —dijo el albañil gordo, con el mismo tono de aceptación resignada de un pescador al que se le ha escapado otro pez imposible.
—Ésta tampoco quiso entrar —acoté yo, con un poco de maldad, para ocultar mi vergüenza, que no era vergüenza ajena y por eso me dolía.
—Pero si entraba le dábamos —dijo el albañil flaco, aunque esta vez nadie hizo gestos de fornicación ni tampoco hubo risas.
Pasó una ambulancia y comenzó a caer la tarde. Nos quedamos los cinco en silencio, y yo pensé que quizá no decían toda la verdad, que quizás mentían. No adrede, sino con la intención, involuntaria, de salvarse de un destino lejano que no les correspondía.
Pensé que, tal vez, el más joven de los albañiles silbaba a las mujeres porque, al llegar a la obra el primer día, los otros ya tenían esa misma costumbre. Y pensé que quizás el viejo silbaba a las mujeres porque en el año cincuenta y dos, cuando era tan sólo un aprendiz, los oficiales de obra ya también silbaban a las mujeres. Me dio por pensar que ninguno de los cuatro sabría qué hacer si, un día, una mujer respondía el llamado milenario.
—Lo de ustedes es un acto reflejo —dije, como si pensara en voz alta—, es un gesto sin esperanza... Un mecanismo que no tiene sentido.
Se quedaron callados los cuatro.
El viejo bajó la vista. El más joven dejó de sonreír. El flaco dio media vuelta y se quedó de espaldas a mí, mirando unas galletitas de agua. Tan pronto como acabé de decir aquello, me arrepentí de haber hablado de ese modo, y también me arrepentí de haber salido de mi casa a comprar y hacer preguntas. ¿Qué me importaba a mí la vida de esa gente?
—Mire señor —me dijo entonces el albañil gordo, y yo levanté la vista y lo miré a los ojos—: cuando el trabajador de la construcción le chifla a una mujer, siempre hay esperanza. Siempre esperamos que la mujer se dé la vuelta y venga un rato, o que por lo menos se dé la vuelta y nos mire. Hace siglos que las estamos llamando, no es de ahora. ¿Ellas qué saben si es para darles, como dice Pedro, o si es porque se les cayó la bufanda al suelo y se la queremos devolver? ¿Ellas qué saben? Un trabajador que chifla siempre espera que la mujer se dé la vuelta y lo mire a los ojos... Siempre espera... Porque, mire —y señaló la silueta de la avenida San Martín, abarrotada de cemento—, mire todo esto, señor, mire esta avenida, si no tuviéramos esperanza, si todo fuera porque sí, ¿usted cree que habría tantos edificios terminados?
Desde ese día me puse algodón mojado en las orejas.

jueves, 20 de agosto de 2020

La teoria del homoerectus

Hace 17 años un amigo y yo descubrimos, por casualidad, que la mejor manera de caminar es hacerlo como un mono, que mientras trota se estuviera convirtiendo en avestruz. Esta forma de andar es mucho más cómoda y veloz que la manera habitual y mucho menos cansadora. Con mi amigo solíamos dar largos paseos por Torcuato utilizando este método de tracción,  a la vez que nos preguntabamos : ¿Por qué la gente no se desplazará así, por que todo el mundo elige la variante más difícil?. Dimos con la respuesta años después cuando nos llevaron presos a causa de caminar distinto.

Durante los cinco años que caminamos así mi vecino y yo perdimos a todos nuestros amigos . Los vecinos que antes nos saludaban ahora se cruzaban de vereda al vernos aparecer, a nuestros viejos los llamaba día por medio la directora de la escuela, nos costaba intimar con chicas, y casi nadie quería vendernos porro. Es decir, llegábamos velozmente y sin cansancio a todas partes, pero no nos dejaban entrar a ninguna.

Éramos conscientes de la importancia de nuestro descubrimiento, sí, pero también de la enorme fuerza de la hipocresía social que nos rodeaba. Como muchos otros adelantados a su tiempo, fuimos rechazados hasta por la propia familia. Recuerdo, aún con dolor, una conversación entre mi viejo y mi vieja que escuché sin querer una noche al volver a casa:

—¿Hasta cuándo le va a durar la edad del pavo? —decia la Mirtha .

—No es pavo, es puto —sospechaba papá.

En la casa de mi amigo ocurría algo similar: tampoco sus padres creían en mí, al punto de que le prohibieron a su hijo ir conmigo por la calle, por lo que elmi amigo debía descolgarse por la ventana de su cuarto para realizar nuestras caminatas, convirtiéndose de este modo casi en un mono completo.

Al crecer un poco y poder viajar solos en el transporte publico nos ibamos mucho para capital —en la gran urbe— un notable cambio de mentalidad. En las estaciones de trenes (Retiro, Constitución y Once, por ejemplo) al caminar utilizando nuestro sistema, algunos pasajeros nos daban monedas y hasta billetes de diez pesos. De este modo descubrimos que aquello que las personas grandes entienden como «edad del pavo», el hombre urbano lo considera malformación. Este hallazgo nos hizo dar un giro en nuestras investigaciones, y también nos proporcionó un ingreso extra.

El problema más común en las grandes ciudades anónimas ya no es el qué dirán (como nos ocurría en nuestro barrio) sino los perros. El can de ciudad siente una extraña seducción primitiva al ver al humano caminar diferente. Por alguna razón, los perros porteños flashaban al vernos, que éramos sus repentinos líderes y comenzaban a seguirnos, con cautela pero sin tregua, hasta el fin de nuestros trayectos, cuestión que se tornaba incómoda cuando la jauría superaba la docena.

Un día mi amigo cansado de las miradas me dijo:

—Mañana me vuelvo en remo.

Aquellas palabras fueron el lento principio del fin. ¿Qué sentido tenía haber descubierto un modo nuevo de locomoción personal, si debíamos usar un remis para disimularlo? Durante un tiempo seguimos caminando así, pero sólo por las noches y algunos domingos. Frente a amigos, señoritas y profesores, sin embargo, careteábamos verticalidad.

Entonces ocurrió lo peor. Fue una madrugada de mayo donde mi amigo y yo paseábamos tranquilamente por las cercanías de la plaza de San Miguel, cuando vimos de reojo que dos policías comenzaban a caminar detrás nuestro. Ellos también a pie, pero del modo tradicional.

—Me parece que nos sigue la gorra—me dijo.

—Nosotros somos más rápidos —repliqué sin voltearme.

Mi amigo, sin embargo, comenzó a dudar:

—Maxi, paremos —me dijo sin dejar de caminar. Ya están yendo medio al trote, como en la maratón olímpica.

—Ellos a su método, nosotros al nuestro. Vamos a ver quién gana. Además no es ilegal caminar distinto.

—Eso es verdad: no pueden detenernos por esto.

Nos equivocábamos.

Un minuto después de la última frase ya nos habían apuntado, ya sabían dónde vivíamos, qué estudiábamos, ya nos habian encontrado faso en el bolsillo, y ya nos estaban llevando a la seccional 33. Estuvimos 6 horas en el calabozo de la comisaría. Nos liberaron ya muy entrada la mañana, y el propio comisario se quedó en el zaguán de la comisaría vigilando:

—O se retiran normalmente, o se vuelven para adentro —nos amenazó.

Doblamos la esquina erguidos, quizás hasta demasiado erectos, como si fuéramos dos conchetos abstemios, como si tuviéramos un pulovercito amarillo atado a los hombros, sacando pecho, y muy serios. Y así seguimos hasta hoy: erguidos y concientes de nuestra derrota moral, conocedores de la humillación galileica; allí supimos que la verdad, en este mundo capitalista, vale menos que la apariencia.

—Nosotros tenemos el método —dijo mi amigo aquella mañana—, pero ellos tienen las pistolas.

Y esa fue la última conversación que tuvimos sobre nuestro invento.

La última hasta hoy, claro.

Esta mañana después de años de no tener comunicación me escribió al Facebook eufórico. «¡Poné C5n», me dijo. A mil kilómetros de distancia el uno del otro, sintonizamos el mismo canal  y ahi estaban ellos.

Se trata de una familia turca al completo. Viven en la región kurda, a contramano del mundo, con vestimentas rústicas y rostros curtidos por el sol. Caminan como lo hacíamos nosotros , un poco más adelantados —tal vez— pero con idéntica irreverencia y la mismísima ilusión; ellos incluso apoyan las palmas en el suelo («¡cómo no se nos había ocurrido poner las palmas así, es todavía mejor!», me decía mi amigo al teléfono).

Nos quedamos largos minutos viendo las imágenes de la tele, y escuchando al periodista: «Se trataría de un acontecimiento evolutivo puntual, como ya propusieron en su día los biólogos Stephen Jay Gould y Richard Lewontin, y no de una evolución gradual, como tradicionalmente sostiene la teoría darwiniana clásica», decían los de C5n.

Son cinco hermanos (dos hombres, tres mujeres) que ni siquiera se inmutan con la presencia de las cámaras. Ellos siguen con sus vidas maravillosamente encorvadas, veloces y felices como algún día quisimos vivir nosotros.

—¡Teníamos razon! —me ponía mi amigo en el chat— ¡Teníamos razón negro, y el mundo nos dio la espalda! —decía, y yo notaba sus gruñidos por detrás de la alegría, y sabía (como si lo viera) que había vuelto a caminar como dios manda.

Yo también comencé a pasearme por toda la casa en la posición vital, reencontrándome con la postura perdida; sin preverlo, las fosas nasales se me dilataron, las palabras me salían renovadas y salvajes al teléfono, los pasos eran cada vez más largos y el peso de la cabeza semejaba al de un globo de gas.

—Ya no estamos solos —le dije entre gruñidos de felicidad—. Fueron éstos años horribles de fingir la frente alta, pero ya no es necesario seguir mintiendo. Podremos volver a caminar veloces, llegar otra vez a tiempo y sin cansancio, y ahora ya nadie habrá de señalarnos con el dedo, ya ningún agente de la ley nos detendrá. Cinco kurdos y la comunidad científica internacional nos avalan, mi querido amigo.

—Che me escribe mi amigo—. Mi novia piensa que soy un pelotudo.

—Sí, a mi  novia creeo que le doy miedo cuando camino así.

—No habíamos pensado en tener pareja cuando inventamos esto.

—No. Éramos jóvenes.

—Claro —dijo él, y lo oí repentinamente erguido.

Yo también saqué pecho, levanté la cabeza, se me alinearon los omóplatos.

Y entonces empezamos a hablar sobre la por qué nunca queríamos tener novias.

3 años

 Estuve más de media hora pensando miles de formas de como comenzar este texto, así que por esta oportunidad voy a simplemente escribir todo lo que se me venga en mente y en los próximos posteos dedicarme a relatar cosas puntuales. 

Durante estos 3 años que no hice publicaciones en el blog me han sucedido infinidad de situaciones, aventuras, anécdotas, tragedias, amores, desencuentros, de todo un poco. Realmente era necesario que me aleje un poco de este rinconcito virtual escondido en el mundo al que yo llamo refugio y para serles sinceros podría haber pasado más tiempo pero ayer sucedió una especie de revelación que hizo que hoy ni bien me desperté tuve esas ganas irrefrenables de escribir, como si algo en mi se hubiera despertado también. Más adelante voy a ir contando entre relato y relato todo lo sucedido.

También quiero contarles de que no es que deje de escribir, sino que no estaba usando el blog para escribir, en estos días voy a traspasar muchos textos que tengo en cuadernos, servilletas y borradores que guardé para este momento. Y digo este momento por que creo que es el indicado para dejar asentado mis pensamientos. Como muchos sabrán estamos en el año 2020 pasando por una pandemia, la cual provocó un cambio social, cultural, emocional y psicológico en todas las personas que vivimos dentro de la sociedad, así que espero que de alguna forma al igual que a mi este blog sirva para alguien.

Yo sé que son pocos los que pueden llegar a este lugar, pero estoy seguro que si llegaste acá algo de todo esto te va a a servir y te agradezco yo a vos ya que escribir es algo que siempre me apasionó pero que alguien lea lo que escribo es un sentimiento de gratificación muy grande. 

Ahora sí, sin más espero disfruten este regreso.

martes, 7 de febrero de 2017

Abogados

Me caen muy bien los abogados, por que siempre en un juicio habrá un abogado que miente, siempre habrá uno que sabe la verdad e intenta disfrazarla de otra cosa, siempre habrá uno que por plata tendrá permitido mentir y falsear la realidad. Cuanto mejor es el abogado en su oficio mas personas van a decir de el que hijo de puta, y acá nace el error de ciertos oficios... Cuando el mejor en algo es al mismo tiempo el peor tenemos un problema, a nadie le interesa que estamos en manos de unos tipos que cobran por mentir, que deciden si vamos presos o no, que deciden casi todo con argumentos rarisimos, con palabras inventadas como ludibrio o eutrapelia; con leyes que no tienen sentido y que impulsaron sus abuelos que también eran abogados o eran políticos por que un político es como un abogado pero mas viejo. Tengo la impresión de que hay un porcentaje mínimo del mundo que esta enfermo, gente ruin, gente equivocada, manipuladora, pero lo que mas me causa espanto es que el resto mira el circo casi desde la costumbre, casi desde la resignación, como de acuerdo.
Los oficios ruines nacen y se reproducen en el seno de la gente ruin, con el objeto de salvar a la gente ruin, los demás, la gente serena o normal puebla el mundo con el secreto designio de cumplir una condena injusta. El oficio de prostituta es necesario, tan necesario que es el primer oficio, el oficio de prostituta es noble y no le hace mal a nadie en cambio el oficio de policía es totalmente innecesario, es un oficio que vino después de la degeneración, es un oficio turbio, entonces el policía se mete con la prostituta, la encarcela, la acosa, le dice chupame y te dejo ir y nos parece normal.
El abogado defiende mejor al que mejor le paga, el arbitro le saca amarilla al delantero habilidoso que se tira en el área, el diputado solamente recuerda al votante rico y hunde al pobre en la rabia silenciosa y nos parece normal,
Hay únicamente dos clases de oficios en el mundo, los que ya existían cuando eramos inocentes y los que no, 
En un mundo inocente habría payasos, prostitutas, ebanistas, dibujantes, panaderos y no habría por innecesarios ni policías, ni árbitros, ni diputados. Aquellos oficios nobles están ligados a las necesidades básicas, en cambio los otros surgieron a partir de la degeneración, de la trampa, del caos, los impuros son oficios que no están acá desde siempre sino desde que el mundo es una mierda, cuando eramos inocentes necesitábamos reír, comer, sentarnos, viajar, soñar, coger y por eso teníamos payasos, panaderos, carpinteros, caballos, músicos y prostitutas, no hacia falta mas. ¿Que paso entonces? Posiblemente ocurrió el primer conflicto, no sabemos cual pero podemos imaginarlo, el payaso hizo un chiste que ofendió al carpintero, el panadero le vendió al músico medio kilo de pan diciendo que eran tres cuartos, la prostituta no quiso acostarse con el caballo, algo de eso tiene que haber pasado, por que entonces nació el abogado, un tipo que debía decir quien tiene razón. 
Claro que en los oficios nobles cada actividad tuvo siempre una paga, ¿Como le íbamos a pagar al abogado por su trabajo? o mejor ¿Quien le pagaría al abogado? se decidió entonces que quien mas tenia mas pagaba, no hubo tiempo para llamarle a esa practica soborno, por que el que mas pagaba eligió llamarlo justicia.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Sueños automaticos

Ya se.. no me digan nada, es verdad. Tengo una suave ligereza en sentido al escribir poco últimamente. Se podría decir que es falta de inspiración quizás, o distracciones momentáneas de la rutina diaria a eso que me ocurre cuando tengo que sentarme frente al monitor y escribir para darle vida a este pequeño espacio recóndito perdido como muchos en el Internet. Pero yo en realidad a lo que me pasa le llamaría mejor como "Sueño". Pueden ser muchas las razones... mucho trabajo capaz, la perdida de una persona que amamos, vertiginosos escapes con una linda muchacha de trenzas, el desgano por una cadena de sucesos desafortunados, pero no. Lo mio es el sueño, yo creo que a las personas de esta generación tan digital nos encanta dormir, no por fiaca sino por territorialismo subconsciente.
Nunca somos inmigrantes cuando estamos durmiendo, y tampoco nunca soñamos con desconocidos. Si en tu sueño (por ejemplo) hay muchas caras, todas esas caras son de alguien que viste alguna vez aunque sea de reojo por la calle cuando eras chiquito, no inventamos caras en los sueños.
Ahora que escuche esta información en uno de esos programas que pasan por la madrugada en Discovery Channel cada vez que salgo de mi casa hago el casting de las personas con las que voy a soñar.
"Es te si por que tiene una cara graciosa", "Aquella no por que le falta culo", "A esta vieja me la llevo para que actué de abuelita macabra".
Buscamos personajes secundarios para los sueños, sobre todo para los sueños de la siesta que son mas reales y tienen muchos mas personajes secundarios que los sueños nocturnos. Eso si, si te agarra una pesadilla en la siesta agarrate, las pesadillas en la siesta arrancan con tanta nitidez y el argumento es tan hijo de puta y certero que una vez que te despertas estas toda la tarde con una sensación fea, como si hubieras pisado caca de perro y ahora te quedara el tic de caminar por la alfombra en puntas de pie. La misma situación pero feliz pasa cuando el sueño de la siesta fue erótico o de amor. A mi llego a pasarme siempre de tarde, nunca de noche que llegue a levantarme completamente enamorado, hay una clase de sueño en la siesta en donde conoces a una chica que no habla, que sonríe pero no mucho , una chica bonita, con los ojos como de haber llorado y con cara de mosquita muerta  que supuestamente no habías visto nunca en tu vida y todo lo que pasa en ese sueño es romántico tirando a boludon, casi nada sexual, es un sueño apto para todo publico, un sueño que sin embargo al despertarte te deja una sensación feliz de amor verdadero incluso la cara de esa chica que nunca vimos, perfecta, de esas que no existen en la vida real, aunque parezca que no esa chica es verdadera, alguna vez la cruzamos en algún boliche o en un colectivo, pobre esa chica... No sabe las cosas horribles que los desconocidos van a hacer con ella en los sueños.
A mi me preocupa mucho estar en el sueño de una vieja fea, en el primer romance homosexual de un adolescente indefinido o lo que es peor entrar en el subconsciente de un mal tipo. Ser el extra en el sueño del otro. Me da miedo la posibilidad de participar en el casting de un facho, de un villero o de un violador...
Por que de las pesadillas propias no podemos escapar, ¿Pero como salimos del sueño de un pervertido que  nos cruzamos en el shopping y que se vuelve a su casa llevándose impunemente nuestra cara? ¿Que es capaz de hacer ese hombre cuando se queda dormido con nuestra dignidad, con nuestra boca?Me encanta caminar por la calle y recorrer lugares, pero es verdad lo que dice la tele... Hay mucha inseguridad.

miércoles, 11 de enero de 2017

Yo se que me anda buscando.. 
Pero dime como puedo amar a alguien que no me merece? 
Que me mantenga como soy, que me conserve tal cual 
Soy un chico con muchas ganas, entendes? 
Hay muchos tipos de mujeres por ahí, pero solo unas pocas valen la pena
Físicamente, delicada y potente.
Equilibrada espiritualmente, para que me limpie y purifique 
Avanzada mentalmente, para siempre consolarme 
Que lea algunos libros y cuestione al clero
Que lea algunos salmos por la mañana temprano.

Si eres una chica con los valores claros 
Valla que valiosa y digna chica que eres. 
Cuando te encuentre me alegrare de tenerte 
Y me quedare quieto a tu lado como una estatua. 
Viendo cosas viejas, viendo cosas nuevas 
Viendo pequeñas tonterías, que otras van y vienen 
Viendo alguna noche cosas solo por diversión.

Un niño pequeño ah crecido, que descrubrio que tiene mucho amor en su interior 
Pero nunca se percato, Que una mujer virtuosa es difícil de encontrar

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El amor y el Facebook

Hoy a la mañana me encontré con un  compañerito de la primaria, compañerito es un decir por que ya es tremendo boludo grandote, pasa que no lo veía desde el 2006 creo, y no me pregunten como pero me contacto a través de una red social. Nos citamos en un bar de capital, nos palmeamos con cariño falso, pedimos unas cervezas. Le digo: "Qué increíble, para lo que acaba sirviendo Facebook". Se ríe fuerte, como si le estuviera tomando el pelo: "Si Facebook sirviera solamente para encontrarme con vos, boludo —me dice—, yo no tendría Wi-fi en casa. A mí Facebook me cambió la vida, pero de verdad".
—¿Para tanto? —le pregunto.
—Mirá para afuera —me explica—. Imaginate que todas las minas que están pasando ahora por la calle tuvieran un cartel en el culo que dijera «estoy en una relación complicada», o «soy soltera», o «solamente busco amistad», o incluso «me interesan los hombres y también las mujeres»...
Hago lo que dice mi amigo: miro por la ventana del bar hacia la calle y veo la primavera de Puerto Madero en su esplendor: holandesas, suecas, porteñas, maduras y pendejas, diferentes colores y tamaños; hay de todo en la viña del Señor.
Mi amigo me aprieta el brazo y me dice:
—Imaginate que aquella que está por cruzar la Diagonal tuviese un cartel que dijera: «Hace doce días que estoy deprimida». Tener esa data de primera mano Maxi, hacer cálculos mentales y abordarlas a todas.
—Te estás excitando, calmate —le digo a mi amigo.
Pero él sigue con su verborrea:
—¿Cuánto hubiéramos simplificado el enfoque de la seducción, hace diez, hace quince años, de haber tenido esos guiños entre las conocidas del colegio, de la universidad, de las compañeras de trabajo, de las ex novias?
Me lo imagino; mi amigo tiene mucha razón.
—La mujer analógica, la del siglo pasado, esperaba que vos te dieras cuenta de ciertas cosas. ¿Te acordás las preguntas que uno se hacía antes? ¿Tendrá novio Laurita? ¿Qué música le gustará? ¿Será buen momento para encararla? —rememora mi amigo— Ahora la mujer digital te lo indica en el perfil del Facebook. Cualquier conocida de la oficina, cualquier amiga de una amiga, te avisa si se peleó con el novio, te explica si le gusta Neruda o si le gusta Walkind Dead, te pone fotos de las vacaciones en Villa Gesell para que la veas medio en bolas...
Cierra los ojos y sonríe. Continúa:
—¿Cuánto tardábamos en el colegio para ver en bikini a la chica que nos gustaba? ¡Había que esperar al Día de la Primavera, que alguna se emborrachaba en el Tigre, o a que te invitaran a una pileta en verano! No, Maxi, la vida mejoró mucho...
—Bueno, pero supongo que tampoco será tan fácil.
—Hay desventajas, claro —dice—. Te podés ensartar, como toda la vida. Te podés despertar con un bicho a la mañana siguiente... Pero en Facebook hay escaramuzas, hay trucos que te proporciona la experiencia.
—¿Por ejemplo?
—Alejate de las minas que ponen la fecha de nacimiento sin indicar el año: a ésas ya se les cayeron las tetas. Escapá de las que cuelgan muchas fotos de sus mascotas: son depresivas. Ni se te ocurra encarar a las que te parecen lindas pero tienen todas las fotos sacadas desde arriba: son gordas con complejo de papada. Si dicen estar "en una relación difícil" y tienen más de treinta fotos besando al mismo tipo, en diferentes épocas, borrate: después de coger, lloran.
—Impresionante —le digo con sinceridad.
—Hay que estar atento a las que, en la imagen del perfil, ponen una foto sacada por ellas mismas en el baño. A ésas, les decís cuatro piropos en el Muro y las tenés comiendo alpiste. Atento a las que ponen fotos viajando por el mundo con una amiga, siempre la misma amiga: son fiesteras. Pero ojo -dice mi amigo -: tiene que ser fotos por el mundo; si viajan por su propio país, son histéricas. A las que ponen una imagen de ellas cuando eran chiquitas, en color sepia, les gusta el sexo duro. Las que dejan vacío el ítem sobre intereses musicales, prefieren pagar el hotel a medias.
Mi antiguo amigo de la primaria me lleno de consejos, pero sólo me acuerdo de estos pocos para compartir hoy con ustedes. Habló durante más de una hora, sin parar. Y después dijo que se tenia que ir a ver una mina que había conocido en la estación Villa Adelina.
—Me tiemblan las manos —me confesó antes de salir del bar—. Esta mina que conocí en el tren me dice que no tiene Internet. No sé nada de ella, nunca vi fotos, no sé de qué carajo le voy a hablar.
—¿Y para qué vas, entonces boludo?
—Es que últimamente me calientan mucho las mujeres analógicas. Tienen olor a infancia.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Viajando a ningún lugar

Ya venia haciendo unos meses de no escribir nada así que hoy me obligue. Por que una cosa es no tener ideas y otra ya no tener ganas.
Aprovecho también para aclarar de que esto es un hobbie, osea.. a mi nadie me da nada por hacerlo como a los youbers o similes personas, la idea de todo esto es que yo pueda escribir y descargarme de muchas cosas, a algunas personas les agarra por los videos, otros por la droga, no se.. lo mio es esto y punto. No trendre miles de fans pero tampoco es algo que me interese. Ahora si de todas las cosas que escribí te pudo servir algo o hacerte reír quiere decir que el blog sirve. Aparte que ya pasaron unos añitos y ahora que casi no entra ni el loro pude encontrar este lugar un lugar intimo y especial, 
Ahora que me pongo a escribir mientras escucho algo de música recordé cuanto extrañaba hacer esto. Es como las ganas de no salir hasta que estas en la entrada del boliche y escuchas la musica o cuando extraña viajar que de hecho es otra cosa que extraño mucho, como se extraña no a la mujer, sino el perfume que usó la noche más feliz con ella. Me 
pongo a pensar qué cosas me gustan de los viajes, y no doy con la idea. 
Cuando viajo; extraño el ser humano en que me transformo cuando vago mochila al hombro, cuando viajo me siento como si después de mucho tiempo se me hubieran destapado las fosas nasales y pudiera volver respirar con todos los pulmones, e incluso con un tercero.
¿Será eso entonces, lo que me vuelve cada tantos meses: la necesidad de ser yo en viaje, de mis ojos como parabólicas sin sueño, de mis pies que no se cansan, de hablar con ganas con todo el mundo y escuchar con los cien pabellones del oído?
Debe ser eso, pero hay algo más, algo tan inefable que me genera angustia literaria, que me deja varado frente al monitor, sin adjetivos, como japonés con teclado occidental.
Estoy seguro, eso sí, que no puedo ponerlo en palabras porque no estoy viajando, porque mis ojos están acostumbrados a ver estructuras previsibles y porque mis manos abren todas las puertas sin mirar el picaporte.
¡Pero cuidado!, si yo estuviera en viaje, si fuera un yo viajando, seguramente prendería mi celu, abriría el block de notas y en menos de lo que tarda un gallo en cantar, ya habría encontrado las ideas que me hacen falta para decir lo que ahora, sedentario y sofocado, animalito de blog, no puedo explicar con palabras.

jueves, 11 de agosto de 2016

Dicese de copular

Los seres como Luis y las personas como Mónica, cuando van a copular por primera vez, fingen no saberlo y actúan tomar café, o mirar la televisión. Muchas veces no saben cómo hacer para dejar de tomar café, o para apagar la televisión, o para cambiar de tema y comenzar a quitarse la ropa.
Luis estaba apurado, y cuando Mónica cerró la puerta de su cuarto, la tomó de la extremidad superior derecha y la besó con una potencia rara, mientras que con la mano de la extremidad superior izquierda hizo presión sobre uno de los pechos de Mónica, como si intentara averiguar el tamaño.
Los seres como Luis poseen, en la intersección de sus extremidades inferiores, un órgano reproductor compuesto de dos bolsas y un tronquito. Mónica, en el mismo momento que Luis oprimía uno de sus pechos, hizo lo propio con el órgano reproductor del hombre, razón por la que ambos comenzaron a emitir sonidos desarticulados —ass, arg, afj— y a rodar por la alfombra del cuarto.
Luis, como todos los seres de su especie, se fijaba siempre en el envoltorio de piel de los seres idénticos a Mónica, en la materia organánica exterior llamada el cuerpo. A Luis le impresionaba mucho, en particular, la extensión limitada que cubría los órganos vitales de Mónica, se entiende que por una cuestión que hacía a sus sentidos visuales y táctiles.
Las composiciones externas de Mónica y de Luis no se diferenciaban en mucho. A simple vista, estaban organizadas por una estructura de la que se desprendía la cabeza —hacia el norte—, dos extremidades idénticas hacia el sur, y otras dos al este y al oeste. Con estas últimas se saludaban de lejos y batían palmas.
Lo que más le gustaba a Luis de Mónica era una abertura que ésta poseía en la parte inferior de la cabeza, una cavidad anterior al tubo digestivo, por donde la mujer introducía los alimentos para digerirlos. Por fuera, este boquete estaba enmarcado por dos coberturas carnosas, una superior y otra inferior, que Mónica se pintaba de rojo para dar realce al resto de su imagen externa. Dentro del orificio, Mónica guardaba el paladar, los dientes y la lengua: un músculo simpático situado dentro de la cavidad, que le servía tanto para degustar los alimentos como para deglutirlos; en otros momentos para emitir sonidos y en la infancia para burlarse de su hermana Patri.
Mónica también se fijaba mucho en Luis. A ella le gustaban los ojos de aquél, que eran dos y también se hallaban en la cabeza. Los ojos de Luis eran elementos viscosos que sobresalían de su cabeza y le permitían contemplar los objetos externos, y reconocerlos según su tamaño, color y distancia. Estos órganos, muy preciados por los seres como Luis y Mónica, no eran iguales. Según los de quién, cambiaban de forma, disposición y tonalidad. Los de Luis eran verdes y grandes. Los de Mónica no.
Los seres como Mónica tenían abultada la estructura por el frente del tórax, y esto entusiasmaba a los seres como Luis. Tales protuberancias, que en total eran dos, sobresalían por delante del cuerpo femenino, también fluctuando en forma y tamaño según la persona. A Luis le gustaban los bultos de Mónica porque, sin ser muy ostentosos, los sospechaba duritos. Estas protuberancias le servían a los seres como Mónica para amamantar y conseguir empleo.
Mónica y Luis eran compañeros de un empleo. El empleo era la forma en que las personas conseguían dinero a cambio de hacer algo para un jefe. Luis trabajaba como asesor de un jefe, y Mónica era la secretaria de un jefe. El jefe se llamaba Barrios y era quien, a cambio de algo llamado labor, recompensaba con dinero a un grupo.
Luis tenía tres años de antigüedad en ese empleo. Un año era el espacio de tiempo que estos seres tardaban en volver a comer pan dulce. Mónica había ocupado su puesto hacía ocho meses. Al principio no se fijaron mucho el uno en el otro. Después tuvieron que hacer un viaje a Córdoba para entregar un trabajo y se cayeron bien. Córdoba era un lugar. Un hombre y una mujer se caían bien cuando sospechaban que haber leído el mismo libro tenía algo de maravilloso.
Luis, como todos los seres como Luis que estaban a solas con una persona como Mónica joven, fingió ser gracioso, caballero y solidario en cada momento del viaje. Mónica, como todas las personas como Mónica que viajaban a Córdoba con el asesor joven de una empresa, se cuidó muy bien de no ser ella, de reirse de cualquier chiste y de sonar inteligente a la hora de confesar cuál había sido la última película que la había hecho llorar.
Ambos confundieron tan bien al otro, que al tercer día se besaron en la boca por primera vez en un taxi que viajaba por la avenida Pedro León Gallo. Un taxi era un vehículo motor que llevaba a las personas a cualquier sitio a cambio de dinero. Besarse en la boca por primera vez era cuando dos personas acordaban, sin decirlo abiertamente, acostarse por la noche y copular.
Esa tarde hicieron todo lo que tenían agendado con ansiedad y buen temple. Caminaron tomados de las extremidades superiores por la peatonal San Jerónimo, volvieron a besarse, esta vez no sólo juntando sus aberturas bucales y entrechocando sus lenguas, sino que también enlazando con las extremidades superiores la estructura del otro, y cuando cayó la noche él la invitó a cenar a Giovannino, un sitio donde un ser como Luis pero más viejo tocaba el violín, mesa por mesa, por dinero, mientras que otro, también por dinero, ponía sobre un mantel seres inferiores muertos y asados que los comensales deglutían con la cavidad bucal, al solo efecto de recuperar fuerzas.
Por la noche, como se dijo, copularon. Al día siguiente volvieron al empleo y se trataron con enorme distancia. Ésto, ignorarse luego de la cópula, los seres como Luis y como Mónica lo hacían muy seguido, y nadie entiendía muy bien por qué.

martes, 12 de julio de 2016

El fin del mundo

Cuando leo en las revistas usadas una y otra vez que le dan a la gente  que esta en los hospitales donde dicen que quizás un meteorito impacte contra la Tierra y nos destruya en el año 2213, casi nunca estoy de acuerdo con la primera persona del plural. ‘Nos’ destruya. ¿A quiénes? ¿A nosotros? Es improbable, porque todos ya vamos a estar muertos desde mucho antes: el tipo que escribió el articulo, yo mismo, que leo aburrido la noticia mientras estoy tirado en una cama, me imagino al siguiente la lee a esta revista y se cree todo y después sufre; incluso la enfermera que cada tanto cambia el suero. Todos vamos a estar muertos mucho antes de que pase la catástrofe.
El mundo nos pertenece, y pertenecemos a él, hasta la onda expansiva de ciertas fechas. Por fuera de ese límite, da lo mismo que el meteorito caiga en la Tierra o en Júpiter. ¿A quién le importa dónde se acaba la vida, si nadie estará ahí para morir por nosotros? Si no sentimos la mínima hermandad con los dinosaurios aniquilados en península de Yucatán hace sesenta millones de años, tampoco deberíamos sentir empatía por los pobres mamíferos que morirán aplastados en la próxima desgracia de piedra, aunque se llamen González y les guste el Nesquik.
A mí me provoca curiosidad la suerte del mundo en el que viviré hasta que me muera: me importan las guerras, los tornados, los mundiales de fútbol, las epidemias, los nuevos modelos de teléfonos y la eventual aparición de los extraterrestres. Pero todo esto me importa si pasa en un lapso de tiempo más o menos corto.
También me intriga si llego a tener hijos si ellos lograran verlo, aunque yo no esté. Pero más allá de esa fecha, que supongo que es la primavera del año 2100, el destino completo de la Humanidad me chupa bastante un huevo.
Hubo una vieja, búlgara y ciega, que vaticinó un montón de hechos increíbles , incluida su propia muerte en 1996. Sus vaticinios empezaron a ocurrir hace años, y gracias a eso mucho de lo que dijo ya se cumplió: la desaparición física de Stalin en 1953, la caída de las torres gemelas en 2001 y el actual conflicto islámico en Europa, por ejemplo; pero ella fue más lejos en el tiempo y también predijo una extraña epidemia de envejecimiento para 2088, el descubrimiento de los viajes temporales en 2280, la llegada de un nuevo profeta en 3871, la inmortalidad humana (como avance científico) en 4599, y el mismísimo fin del mundo, que según ella ocurrirá en una fatídica tarde del año 5079. Perdón por el espoiler.
El año 5079 está tan lejos que me da todo lo mismo. Sin embargo, más que sus predicciones, me interesa la historia de esta mujer.
Si el lector pone ahora mismo el nombre de la vieja búlgara en el buscador (se llama Vangelia Pandeva Dimitrova, alias ‘Baba Vanga’) verá antes que nada la foto de una mujer con los ojos sellados de ceguera y pocos dientes en la boca. Eso ya es bueno, porque nos da la sensación de que podría ser verdad todo lo que se dice que dijo.

Enseguida vemos que la vieja tiene una entrada en la Wikipedia, y eso nos alegra un montón, porque jerarquiza la posibilidad de la certeza, pero ya el segundo párrafo nos deja de interesar, porque la Wikipedia duda sobre todo el asunto. Así que mejor cerramos la pestaña científica y miramos otra foto, en donde la mujer tiene la cabeza cubierta con una manta oscura (esto nos parece prometedor) y señala con un dedo hacia adelante, como si estuviera a punto de venir el tren y solo ella escuchara el sonido de las ruedas. 

Nos da mucho miedo y mucha esperanza la foto de la vieja. Si hiciéramos turismo por Bulgaria y ella apareciera por la esquina, cruzaríamos de cordón. Y eso solo, esa mínima certeza, nos asegura que todo lo que salió de su boca sin dientes merece ser la pura verdad. 

Por lo que se sabe, esta señora pronosticaba sucesos y fatalidades con ritmo de ametralladora: de día, de tarde y de noche. Sus vecinos aseguran que lo único que hacía la mujer era comer, cagar y escupir augurios con la voz finita; tres de sus nietos (que habían sido expulsados de la escuela por mal comportamiento) se turnaban para anotarlo todo en once libretas de tapas verdes. 

Los pronósticos de la mujer tenían una cierta cronología y avanzaban en el tiempo como las zancadas de un gigante. “En el año 2183”, dijo la vieja una mañana de 1970, “una de nuestras colonias en Marte se convertirá en una nación nuclear y pedirá la independencia de la Tierra”. No es difícil imaginar a su nieto más chico, Iván, escribir esta predicción en la libreta mientras se le caen los mocos. 

Una tarde en que sus nietos no estaban (fue cuando le dieron a Stoikov el balón de oro de 1994), la vieja debió dictarle un vaticinio al señor del carro de las verduras. “En el año 4308, Gregor”, le dijo, “debido a una mutación genética, el hombre utilizará más del treinta y cuatro por ciento del cerebro, y se perderá por completo cualquier noción de malicia; mientras tanto, tú sigue cobrándome tres cuartos de calabaza como si fuesen un kilo”. Esta frase, humorística, sigue siendo muy usual en Macedonia. 

Hoy circulan por internet miles de sus presagios sobre próximas guerras, avances tecnológicos, aparición de extraterrestres, resultados de copas del mundo y enfermedades intempestivas. Por supuesto, ya es imposible saber cuáles vaticinios son realmente de la vieja y cuáles son textos falsos de frikis chistosos. Pero no importa. Ya hace quince años que es más divertido lo que dice internet que lo que ocurre realmente. En una sobremesa, cuando te cuentan algo, nadie quiere saber si es verdad: solamente queremos que sea divertido. 

El fin del mundo, o el meteorito que acabará con todo, o el sol apagándose, ocurrirán en un tiempo tan lejano que da lo mismo. Yo cruzo los dedos para llegar vivo al Mundial de Fútbol de 2030, que quizás se juegue en Argentina y en Uruguay. Quisiera estar allí, con sesenta años, y no morirme sino hasta después de la final. Ojalá la vieja búlgara se despierte de su muerte y me vaticine ese futuro. Después de eso, sí, que el mundo se venga abajo.



Las premoniciones de Baba Vanga


2018: China se convierte en la nueva potencia mundial.
2023: La órbita de la Tierra cambiará ligeramente.
2025: Europa estará con problemas de poblamiento.
2028: Desarrollo de una nueva fuente de energía. El hambre lentamente pasa a ser un problema para la humanidad.
2033: El hielo polar se está derritiendo. Fuerte subida del nivel del mar
2043: Economía del mundo mejora notablemente. Mientras que en Europa, los musulmanes dominan.
2046: Cualquier órgano podrá ser producido en masa. Intercambio de órganos se convierte en el método preferido de tratamiento.
2066: Roma será atacada por EE.UU. con un arma climática.
2076: El mundo será dominado por la ideología comunista.
2084: Restauración del medio ambiente.
2088: Emerge una nueva enfermedad. El envejecimiento rápido.
2097: La temible enfermedad ligada al envejecimiento rápido se cura.
2100: Un sol artificial ilumina el lado oscuro de la tierra.
2111: Las personas se vuelven robots.
2123: Gran guerra entre las naciones pequeñas. No obstante, países potencias son los involucrados.
2125: En Hungría, se reciben las señales espaciales.
2130: Colonias bajo el mar.
2164: Aparecen animales mitad humanos.
2167: Aparece una nueva religión.
2170: Gran sequía.
2183: Colonia en Marte se convierte en una nación nuclear y pide la independencia de la Tierra.
2187: Dos grandes erupciones volcánicas se previenen con éxito.
2195: Evolucionaron las colonias marítimas, alimentos y energía en abundancia.
2196: Se produce la mezcla completa de asiáticos y europeos.
2201: El Sol se desaceleró. Las temperaturas bajan en el planeta.
2221: En la búsqueda de vida extraterrestre, los seres humanos se encuentran con algo muy horrible.
2256: Embarcación da vuelta a la Tierra con una terrible enfermedad.
2262: Las órbitas de los planetas comienza a cambiar paulatinamente. Marte está en peligro de ser golpeado por los cometas.
2271: Las leyes de la física cambian.
2273: Mezcla de Asia y gente de color. Aparecerá una nueva “raza”.
2288: Viaje a través del tiempo se inventó. Nuevos contactos con extraterrestres.
2291: Cambio en el Sol, volviendo a brillar completamente.
2296: Fuerte llamarada solar, forzada por el cambio de la gravedad. Estaciones espaciales y satélites viejos comienzan a caer.
2299: En Francia, un movimiento de guerrilla surge en contra del Islam.
2302: Leyes y secretos importantes del universo son revelados.
2304: Secretos de la Luna se revelan.
2341: Algo terrible se está acercando a la Tierra desde el espacio.
2354: Accidente en un sol artificial creado por el hombre conduce a la sequía.
2371: Se produce la gran hambruna para la humanidad.
2378: Nueva raza aparece rápidamente.
2480: Tierra en la oscuridad.
3005: Guerra en Marte. Cambio en la trayectoria de los planetas.
3010: Cometa golpea la Luna alrededor de la Tierra. Dicho objeto proviene de un anillo de piedras y polvo.
3797: En ese momento, todo lo que vive en la Tierra muere. Pero los seres humanos son capaces de empezar una nueva vida en un nuevo sistema solar.
3803: El nuevo planeta está escasamente poblado. Hay poco contacto entre las personas. Diferente clima global cambia el cuerpo de las personas y mutan.
3805: Guerra entre los humanos por los recursos. Más de la mitad de las personas mueren.
3815: Termina la guerra
3854: Las personas viven como bestias.
3871: Nuevo profeta enseña a la gente los valores morales y religiosos.
3874: Nuevo profeta recibe ayuda de toda la población. Una nueva iglesia se organiza.
3878: Iglesia enseña nuevas ciencias.
4302: Nuevas ciudades están creciendo en el mundo. La nueva iglesia se desarrolla en base a tecnología y ciencia.
4302: Gran desarrollo de la ciencia. Científicos descubren todo sobre el impacto de las enfermedades en el cuerpo.
4304: Se ha encontrado un camino para vencer cualquier enfermedad.
4308: Debido a la mutación en las personas, el hombre utiliza más del 34% de sus cerebros. Se pierde por completo cualquier noción de malicia u odio.
4509: El hombre finalmente alcanza el nivel de desarrollo que le permite alcanzar las formas de contacto con Dios.
4599: La humanidad alcanza la inmortalidad.
4674: Desarrollo de la civilización alcanza su cima. El número de personas que viven en diferentes planetas aumenta.
5076: Se llega al límite del universo. A partir de ahí, nadie lo sabe.
5078: Se rebasa el límite del universo. Más del 40% de la población está en contra.
5079: Fin del mundo.